ENTREVISTA A ENRIQUE ROMERO


A los 72 años sigue subiéndose al pedestal y el rulo en dos funciones diarias para demostrar, mediante equilibrios al límite de lo posible, que la edad simplemente es un dato del DNI. Y de escasa relevancia. ER constituye un admirable paradigma de vocación circense. Sus palabras iniciales no dejan lugar a dudas:
-Si volviera a nacer, me volvería a dedicar a lo mismo que me dedico.
-¿A pesar de los golpes?
-A pesar de los golpes. Y eso que me he dado unos cuantos: me rompí la clavícula, el peroné, me operaron del tendón de Aquiles, tengo mal una vértebra e incluso mi sordera es consecuencia de un accidente trabajando. Pero da igual: ¡soy feliz en el circo! Lo que único que pasa es que.
-¿Qué pasa?
-Pues que, a veces, la cabeza me dice que vaya en una dirección y las piernas no responden. Falla la sincronía y no puedo hacer lo que siempre hice. Pero hago lo que está a mi alcance. Me entrego al cien por cien para que disfrute el público, que merece el máximo respeto.
-¿Cuánto sacrificio hay detrás de un Premio Nacional de Circo, como el que le concedió (año 2000) el Ministerio de Cultura?
-Todo y más. Para empezar, en la alimentación. Desayuno un bocadillo y un té y no vuelvo a comer nada hasta que no termina la última función. Entonces, sí. Entonces me pongo ‘morao’. El resto es tiempo dedicado a la preparación, el ensayo.
-¿Y qué sucede cuando acaba un contrato y regresa a casa?
-¡Es lo peor! En casa soy un león en una jaula, porque no valgo para quedarme quieto. Necesito estar haciendo algo. Y, claro, me tienen que abrir la jaula para salir.
-Tere es la ‘sufridora’ de esa situación, claro.
-Así es.
-¿Y si no trabaja, ensaya también?
-¡Por supuesto! Ensayo a diario, trabaje o no. No se puede perder la forma ni un día. ¡Ni un día!
El diálogo con Enrique es un zig-zag de sentimientos. Sobre todo, al mencionar algunas actuaciones.
-Una especial fue en el famoso Teatro ‘Olympia’ de París. Ver allí al público puesto en pie aplaudiéndome jamás lo olvidaré (se emociona al evocar el momento). Y otra, en el Circo ‘Krone’ estable de Alemania. Lo que lloramos de emoción mi mujer, Tere, y yo al observar la reacción de los espectadores en mi debut allí (se vuelve a emocionar). Lo que lloramos.
-¿Cuántos años llevan casados?
-¡Cuarenta y cinco! Y seis de novios. ¿Algo poco habitual, eh? Soy una persona muy afortunada al tener a mi lado a una mujer como ella. Hemos criado juntos a nuestros tres hijos, superando innumerables carencias en tiempos muy distintos a los actuales, de mucha necesidad. Y aquí estamos. Juntos, que es lo importante.
-¿Y cuál es la clave para mantener un matrimonio 45 años?
-Muy sencilla (gesto serio): ¡decir a todo que sí! (muchas risas).
-Capítulo de anécdotas, Enrique.
-¡Buff! A ver, a ver. En Groenlandia, por ejemplo, nos desplazábamos en helicóptero para trabajar de localidad en localidad. Y un día tuvimos que viajar ¡con un cadáver que llevaban a la misma población a la que íbamos! ¡Menudo corte! Trata de imaginarlo. Y otra buena, en España: cierto empresario no nos pagó con dinero sino con décimos de Lotería. En un primer momento nos acordamos de toda su familia, pero después. ¡nos tocó el segundo premio! Arregló, sin saberlo, los bolsillos de la Compañía.
-¿Y el día que ya no pueda hacer el número de rulo, qué sucederá?
-Nada, porque haré cualquier otra cosa en el circo. Como cuando empezaba en el oficio. Esta es mi vida y no la cambio. No me veo lejos de aquí. Trabajaré de payaso, de.
-O sea, que no hay nada mejor que el circo; el territorio de los sentidos, del arte en estado puro.
-El circo es un mundo maravilloso y engancha para siempre.
-¿Cuáles cree que son los pilares del éxito profesional que ha logrado?
-El esfuerzo, la humildad, el entusiasmo, intentar ser original en el número y mantener viva la ilusión día tras día.
-¿El consejo para las nuevas generaciones de rulistas?
-No tener miedo. Si tienes miedo, acabas dándote el golpe.
-Su trayectoria artística, Enrique, es envidiable. Y de proyección internacional. No todos pueden decir lo mismo.
-Estoy muy orgulloso de cómo ha transcurrido mi carrera, pero jamás olvido que empecé desde lo más bajo y que he ido subiendo peldaños poco a poco. Paso a paso. Y me gustaría poder seguir haciéndolo durante muchos años.
-Es curioso: quiere seguir en activo a pesar de tener 72 años. En cambio, otros están deseando prejubilarse a los 50.
-No les entiendo, la verdad. Supongo que serán personas que tienen la desgracia de no vivir de lo que les gusta o que padecen algún problema físico. Lo mío es al revés: no me quiero jubilar, soy feliz trabajando. No quiero parar. Y me considero un privilegiado. ¡Un privilegiado!. Tengo salud par continuar y, encima, recibiendo aplausos. ¿Qué más puedo pedir?
-En materia de aplausos sí que es millonario.
-¡Muy multimillonario! Reconozco que todo está siendo muy bonito en mi vida artística y que lo bueno supera notablemente a lo malo. El sueño de aquel niño que pasó por circunstancias tan difíciles (casi brotan las lágrimas de sus ojos). se ha convertido en realidad. ¡Cómo recuerdo a don Eduardo, el dueño de una finca con árboles frutales que, cuando íbamos de críos a cogerle unas piezas para quitar el hambre, se sentaba de espaldas… fingiendo que no nos veía!. ¡Qué gran corazón! ¡Qué buena persona!
El reloj
Escuchando a Enrique se hace un nudo en la garganta. Avanza la hora de la primera función y el público empieza a hacer cola ante la taquilla. El reloj dicta su ley y concluye la charla en torno al café. El artista tiene que maquillarse, vestirse, calentar músculos, etc. Tere, su esposa y partenaire, le espera en la caravana. Como desde hace 51 años. Protagonizan una bella historia de amor y merecen fuera de la pista los mismos aplausos que dentro. Son un admirable ejemplo tanto humano como profesional. Felicidades, queridos amigos.
EL DIARIO MONTAÑES, por J.R, 8 de agosto del 2010

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